miércoles, 31 de marzo de 2010

Persiguiendo a.



"Te quiero, y no como se quiere a un amigo, aunque creo que somos grandes amigos y tampoco de ese modo que se tiene cariño a un perrito.. [...] Te amo, es muy sencillo y muy sincero, eres el compendio de todo lo que he buscado siempre en otro ser humano [...] es que ya no puedo soportarlo más, no puedo estar junto a ti y reprimir mis ganas de abrazarte, no puedo mirarte a los ojos sin sentir esa pasión sobre la que solo se lee en las novelas románticas baratas, no puedo hablar contigo sin querer expresar el amor que siento por todo lo que eres [...] tenía que decirlo, porque nunca había sentido algo así[...] No hay otra alma, en este jodido planeta que nunca me haya hecho sentir ser la mitad de la persona que soy cuando estoy contigo"


Y aún siendo contradictoria al texto anterior de E.C tengo que decir que ahora tampoco tengo nada, absolutamente nada que objetar.


martes, 30 de marzo de 2010


“Donde antes habíamos visto delicadeza, ahora vemos vulgaridad y, en lugar de generosidad, una mediocridad sin paliativos. Lo inefable de nuestra atracción por otros seres pierde su misteriosa profundidad y se sustituye por la visión de un ser inexpresivo, vacío y vano. La repugnancia destruye el misterio de las relaciones y anula los significados implícitos o secretos que derivan de la comunión de los hombres. El gesto de un ser amado, que otrora apreciaste, las palabras en las que percibiste determinadas vibraciones, las tonalidades acariciadoras de la voz, o las envolventes miradas que traslucían matices del estado del alma, toda una gama de íntimas delicadezas. Todo lo que te encantó como irresistible y fascinante, aparece de pronto irremediablemente mediocre, desoladoramente vulgar, insignificante hasta la exasperación…”


Nada que objetar...

jueves, 18 de marzo de 2010

Sueño Profundo




El sueño me invade como la pleamar. Y no puedo resistirme. Es un sueño profundo, sin límites; ni el timbre del teléfono ni el ruido de los coches que pasan por la calle llegan a mis oídos. No siento dolor ni soledad. El mundo del sueño es cuanto existe.

Únicamente me siento sola en el instante de despertar. Al alzar los ojos al cielo ligeramente nublado, comprendo que ha transcurrido mucho tiempo desde que me dormí. Y pienso, confusa: «No tenía ninguna intención de dormir, pero he perdido el día durmiendo». Inmersa en un remordimiento pesado muy cercano a la humillación, siento cómo, de repente, un escalofrío me recorre la espalda.

¿Cuándo empecé a abandonarme al sueño? ¿Cuándo dejé de resistirme a él?... ¿He estado alguna vez completamente despierta, llena de vigor y energía? De eso hace ya demasiado tiempo, me parece la prehistoria. No guardo de aquella época más que imágenes borrosas, como si pertenecieran a un pasado remoto, helechos y dinosaurios coloreados en tonos crudos y brillantes reflejándose en mis pupilas.

Por más que duerma, a él, a mi novio, no obstante, sí lo oigo cuando llama. El timbre del teléfono suena de un modo inconfundible cuando es él, el señor Iwanaga, quien llama. No sé por qué, pero es así. Distinguiéndose de los diversos sonidos procedentes del exterior, el timbre del teléfono resuena dentro de mi cabeza con un alegre repiqueteo, como si llevara los cascos puestos. Y cuando me incorporo y tomo el auricular, él pronuncia mi nombre con aquella voz suya, tan profunda que me sobrecoge:

-¿Terako?

-Sí- respondo yo, y él se ríe un poco de mi voz hueca, y me dice siempre:

-Debías de estar durmiendo otra vez, ¿no es así?

Normalmente, él utiliza un tono más informal, y a mí me encanta que de pronto me hable así, y cada vez que lo oigo siento que el mundo se cierra de golpe. Me quedo ciega, como si hubieran bajado una puerta metálica. Saboreo el eco de su voz como si fuera eterno.

-Dormía, sí-digo yo, dueña al fin de mi consciencia.

La última vez que llamó fue por la tarde, y llovía.

El rugido de la lluvia torrencial y el cielo plomizo envolvían las calles y yo, de súbito, sentí lo extremadamente preciosa que era aquella llamada, mi único vínculo con el mundo exterior.

Cuando la voz empezó a anunciar el lugar y la hora de la cita, experimenté fastidio. Olvídate de esto, lo que quiero que digas es mi adorado: «Debías de estar durmiendo otra vez, ¿no es así?». ¡Otra vez! Finjo patalear mientras tomo nota. «Sí, a tal hora. Sí, allí.»

Si alguien me asegurara que lo nuestro es auténtico amor, sentiría un alivio tan grande que me postraría a sus pies. Y si no lo fuera, si se tratase de algo pasajero, yo desearía seguir durmiendo como ahora y no querría volver a oír jamás el timbre del teléfono. Querría que me dejara sola inmediatamente.


"Sueño Profundo" de Banana Yoshimoto
foto de Ryan Macginley